Viviendo en las selvas

Hace una semana llegué de plena selva oriental de la provincia de Pastaza, en donde tras caminar varias horas por senderos lodosos, cruzar ríos, escuchar toda clase de sonidos animales y luchar contra los picazones de moscos e incluso abispas; me di cuenta, dejando de lado la no contaminación, la tranquilidad y la magnitud de las noches estrelladas, que vivir en la ciudad no era tan distinto.

Y es que salir de mi casa a la universidad es como caminar por las piedras de los ríos con tantas aceras destruidas y angostas y con calles mal pavimentadas. Y qué decir de intentar cruzar por los pasos cebras, donde tengo que tener tino que una “bestia salvaje” no me vaya a atropellar y como en el lodo tengo que fijarme bien por donde piso para no hundirme… debajo de las llantas de un auto. Y si no me comporto como un peatón responsable… de que los conductores cometan libremente sus imprudencias, ahí van los que me recuerdan los sonidos selváticos multiplicados por mil y en una forma inmensa de distorsión, mal usados pitos y bocinas de autos.

Pero tranquilidad, tranquilidad, no puede ser tan malo. Ya voy a llegar a casa y todo pasará. Los buses de mi ciudad van llenos, para variar, y las personas son como esas moscas y abispas que se le pegan a uno y de tanto que te rodean parecen que te van a asfixiar, por suerte estas no son nocivas.

Qué puedo decir, si sobreviví a la verdadera selva no creo que no pueda hacerlo con una mala réplica.

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