Entre supersticiones y realidades

Debo confesar que soy una persona muy realista, pese a que en mi casa crecí en un ambiente lleno de superstición. De pequeña no podía pasar debajo de una escalera, romper un espejo y mucho menos regar sal, que yo para compensar el susto de mi mamá lanzaba azúcar, pero no funcionaba.

Recuerdo que cuando era niña me gustaba ensuciarme los vestidos (como cualquier niña de mi edad) pero para mi mamá eso era señal  de que iba a ser una machona y que nunca usaría un vestido de novia. También en mi adolescencia cuando me encantaba el color morado, mi mamá se empeñó en decirme que ese color era de mala suerte para las jovencitas y que terminaría por traerme desilusiones amorosas, como el recoger flores hortensias y el deshojar margaritas.

Con todas las cosas que me han sucedido, llegaba un momento en que me ponía a pensar que si las supersticiones que decía mi mamá eran reales, si unas simples acciones podían alterar el rumbo de la vida de una persona, incluso, ocasionándo un daño. Estaba a punto de, como dice un refrán: “si no puedes con el enemigo, únete a él” y creer que mi vida sería el efecto de una causa sin sentido; hasta que comprendí que mi mamá creaba cada día nuevas supersticiones para obligarme “sutilmente” a cumplir su voluntad, obviamente con la idea de provocarme duda o miedo.

Pero para “tranquilizar” a mi mamá le voy a decir que estoy escribiendo debajo de una escalera con mi blusa morada y que cuando termine iré a deshojar una margarita para ver si ese chico me quiere o no en este viernes 13.

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