Te soñé y no dormía

Hoy tuve un gran sueño y no estaba dormida. Cerré los ojos y lo primero que vi, fue esa silueta tan familiar; poco a poco, divisé tu ceño fruncido, la mueca de tu boca y la singularidad de tu cabello alborotado. Soñé con ese encuentro, que a veces de tanto imaginarlo, me parece que ya es real.

No dormía y tampoco estaba junto a ti, pero sentía tu respiración en mi oreja y hasta ya imaginaba tu voz, tus gestos y la forma en que tendrías un cigarrillo entre tus dedos. Visualicé la forma en que estarías esperando, un poco con nervios, otro tanto con expectativa, de todas formas con emoción.

Lo que me costó trabajo fue pensar en tu mirada, porque en mi sueño, tus ojos ya no tenían el mismo brillo, ya no veían más allá de lo exterior y tenía la impresión de que no me verían de igual forma o, mejor dicho, tal y como siempre he querido.

Te aseguro que no es sólo mi impresión; yo lo llamaría presentimiento, así tal cual, sentir algo antes de que suceda. Y a la distancia y a destiempo,  yo ya siento tu cercanía, tu amistad y también, aunque no quiera, siento miedo por lo que está más allá de nuestras manos.

Quizás tengo que cerrar los ojos para presentir que no hay obstáculos que no podamos vencer, que no hay problemas sin solución y que simplemente la magia que existe siempre se conservará. Tal vez, sólo tengo que cerrar los ojos para poder verte siempre que quiera, para escucharte, congelar el momento y que tú presientas que no hay necesidad de transformar este sueño en realidad y que me susurres: soñemos juntos.

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