Soñar no cuesta nada

Anoche sentí tus caricias, percibí tus besos, dejé tu espacio a la derecha de la cama y soñé contigo, aunque sabía que no estaba durmiendo. Giré mi cabeza para verte dormir y escuchar el soplido seudo ronquido de tu nariz; lentamente me acomodé en el mínimo espacio que queda entre tu cuello y tu hombro, mientras veía como mi cabello cubría parte de tu brazo.

Trataba de no cerrar mis ojos porque no quería que termine el momento, me movía de un lado al otro y, en contra de mi voluntad el cansancio me ganó la batalla. De seguro sentiste los extraños espasmos de mi sueño (que supe de su existencia gracias a ti), también imagino que lidiaste con los fenómenos de mi respiración y te conmocionaste con mis posiciones para dormir.

Tu respiración cerca de mi oreja era la forma más común de despertar, o de hacer el intento, porque nuestra peculiar pereza nos hacía dilatar nuestros sueños, aquellos que empezaban cuando teníamos los ojos abiertos. Y hoy me desperté con una sonrisa como la de esos días. Por la ventana se escabulló un rayo de sol, las cobijas estaban revueltas, todo parecía igual; sin embargo, ya no hacía calor y tu presencia a mi lado ya no estaba. En ese instante sentí que algo me faltaba, pero no tenía tristeza, porque sé que, aunque no podamos contra el tiempo y la distancia, por lo menos soñar no nos cuesta nada.

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