Amigos con derecho: ¡Hágase desear!

El otro día fui a tomar una cerveza sola en los típicos lugares que vas con el grupo de amigos y no pude evitar las reacciones del camarero y la gente alrededor, que no me quitaban la vista de encima, simplemente por compartir un momento conmigo misma, pero bueno eso es otra historia.

Entré al lugar y me senté en la primera mesa que vi desocupada, hice mi pedido y me dispuse a esperar que llegara. Empecé a ver el lugar porque siempre me gusta ser curiosa, claro de lo que me interesa, y de repente tuve esa sensación de que alguien te está observando. Lentamente giré un poco más mi cabeza y me encontré con un chico que me miraba fijamente; lo primero que pensé fue: ¿se me corrió el maquillaje? ¿estoy despeinada?, sutilmente me vi en el celular y me aseguré que no era así. Volví a ver al desconocido, tal vez me miró por casualidad, pero seguía viéndome y me sonrió; lo segundo que pensé fue: me confundió con alguien.

Mi cerveza llegó junto con los comentarios del mesero que no recuerdo textualmente, pero eran del tipo “por qué tan sola, mi rrreina”. No les di importancia y me serví el primer vaso, sin antes asegurarme de que ya no era vigilada. El chico ya no estaba en su sitio, ¡qué alivio!, pero me llevé la sorpresa que cambió su silla a un lugar más de frente y cercano a mí. No esperó nada para decirme su nombre y querer conocer el mío. Yo sólo fingí demencia y saqué un cigarrillo de mi cartera… ¿dónde puse mi encendedor? para mi mala suerte lo había olvidado.

Si ya saqué el cigarrillo no me quedó otra que aceptar que él lo prendiera y después de un simple gracias, empezó algo como una conversación de monosílabos, que tuvo su momento más expresivo cuando yo dije: ¡Ah qué bueno! No sé si el chico no capta el lenguaje corporal, es más, el lenguaje directo o le gusta ser llevado por el mal, que muchas veces me habló del tema de los vaciles, de los encuentros casuales e, incluso, intentaba acercarse a mí, cuando le repetí mil veces que yo no compartía su pensamiento y le ponía mi cara de desagrado.

Me molestaba que el tipo se creyera el Don Juan, que no sostuviera una conversación normal y que no disimulara su única intención de treparse a la que caiga y, como todo tiene su límite de paciencia, yo llegué al mío. Al primer intento de abrazo le dije: “Disculpa, estoy esperando a alguien y no quiero invertir ese tiempo con un ofrecido”. Él se levantó y me quedó viendo con una cara de hecho el ofendido, quiso decir algo, pero lo ignoré. Supuse que de inmediato se iría y estaba equivocada.

Enseguida vi que se acercó a otra mesa, a otra chica, a otro desplante pensé. A los pocos minutos  me di cuenta que se estaban besando, poco después salieron con sus hormonas alborotadas y él me regresó a ver como diciendo: “mira lo que te perdiste”, pero en el estado que iban no creo haberme perdido de nada bueno. No disiento con el proceder sentimental de ninguna persona porque cada uno sabe cómo maneja sus sentimientos; con lo que estoy en desacuerdo es con el poco valor e importancia que se dan ciertas personas porque, hasta para un vacile, hay que sentirse importante. De seguro, ambos sujetos no recuerdan el consejo que les daban sus abuelas cuando les decían: mijito/mijita, ¡hágase desear!

¡Qué precisa es la sabiduría ancestral!

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2 pensamientos en “Amigos con derecho: ¡Hágase desear!

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