Dios: ¡Toma tu ladrillazo!

Un día que sentí que había perdido el horizonte de ciertos puntos de mi vida y cuando algunas personas me parecían más decepcionantes de lo normal; me senté en el filo de la cama a escuchar música. Entre tantas canciones de la biblioteca musical, uno nunca se entera que tiene la canción más triste del mundo, la más bailable o la que te puede tocar el alma.

En medio de una melodía, que seguramente alguna vez escuché pero no presté atención, encontré una historia que me aludía y no pude ignorarla:

Un joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad sin ningúna precaución por una colonia en la parte vieja de su ciudad en su nuevo auto deportivo, un flamante Porsche.

De repente, sintió un estruendoso golpe en la puerta, se detuvo y, al bajarse, vio que un ladrillo le había estropeado la pintura, carrocería y vidrio de la puerta de su lujoso auto.

Se subió nuevamente, pero esta vez lleno de enojo, dio un brusco giro de 180 grados, y regresó a toda velocidad al lugar donde vio salir el ladrillo que acababa de desgraciar su exótico auto.

Salió del auto de un brinco, y agarro por los brazos a un chiquillo, y empujándolo hacia su auto le gritó, “¿Qué rayos fue eso?  ¿Quién eres tu?  ¿Qué crees que haces con mi auto?”.

Enfurecido, casi hechando humo por la nariz y las orejas, continúo gritándole al chiquillo, “Es un auto nuevo, y ese ladrillo que lanzaste va a costarte muy caro.  ¿Por qué hiciste eso?” “Lo siento mucho señor.  No sé qué hacer”, suplico el chiquillo.  “Le lance el ladrillo porque nadie se detenía”.  Las lágrimas bajaban por sus mejillas hasta el suelo, mientras señalaba cerca de donde estaba el auto estacionado.

“Es mi hermano”, le dijo.  “Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo y no puedo levantarlo”.  Sollozando, el chiquillo le preguntó al ejecutivo, “Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en su silla?  Está golpeado y pesa mucho para mi sólito.  Soy muy pequeño”.

Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo, el ejecutivo se tragó el grueso nudo que se le formó en su garganta.

Indescriptiblemente emocionado por lo que acababa de pasarle, levantó al joven del suelo, lo sentó nuevamente en su silla y sacó su pañuelo de seda para limpiar un poco las cortaduras del hermano de aquel chiquillo tan especial.

Luego de verificar que se encontraba bien, miró al chiquillo, y este le dio las gracias con una gran sonrisa indescriptible.  “Dios lo bendiga señor, y muchas gracias”, le dijo.  El hombre vio como se alejaba el chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta llegar a su humilde casita.

El ejecutivo no reparo la puerta del auto, manteniendo la hendidura que le hizo el ladrillazo, para recordarle que no debe ir por la vida tan distraído y tan deprisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo para que preste atención.

Antes de que termine la historia-canción, algo en mi ya había cambiado y mucho más al oír la reflexión: Dios normalmente nos susurra en el alma y en el corazón, pero hay veces que tiene que lanzarnos un ladrillo a ver si le prestamos atención.

¿Escucharás el susurro o el ladrillazo? A mí ya me tocó el ladrillazo, pero para la próxima espero un susurro o, por lo menos, uno no tan doloroso.

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