Empacando recuerdos

Me mudaré de la casa donde he vivido durante casi 24 años, pero al guardar las cosas materiales, estoy empacando los recuerdos de una niña que botaba las revistas de los estantes y que hacía de su pequeño cuarto un escenario para millones de juegos; las aventuras de una adolescente a quien el mismo cuarto le parecía una prisión; las vivencias de una mujer que aprendió a reír , llorar, discutir, soñar… vivir bajo ese techo.

¿A qué jardin iré a esconderme cuando tenga miedo y necesite escuchar esa voz interna que me dice que soy fuerte? ¿Qué ciudad iluminada veré en las noches por mi ventana, cuando quiera entender que hay un mundo más allá del mío? ¿Cómo dejar de llamar hogar a ese lugar donde no necesité nada más que cariño para ser feliz?

Quizás mis preguntas no tengan respuesta, pero es inevitable: Me voy y emprendo una de las tantas partidas que me esperan. Tengo las maletas listas y en mi garganta está latente ese nudo que me corta la respiración y ese sinsabor que dejan las despedidas. No es fácil dejar toda una vida de un momento a otro, quizás nunca me vaya del todo de aquí ni de ningún lugar, porque sé que algo llevo en mí y algo de mí se queda.

Me pueden faltar maletas para todas las manifestaciones físicas de mi niñez, adolescencia y juventud; pero, por suerte, cada una de las vivencias y sentimientos caben en los espacios de mi corazón… ¡Let´s go!
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