Compañías silentes

Nos encontramos en una de esas plazas de paso, aquellas en las que tienes que permanecer por cansancio y no por el deseo de ver pasar la gente, los buses, el tiempo. En realidad, son esas en las que no tienes nada que admirar ni esperar. Pero ahí nos sentamos; yo llevaba mi cartera  y las carpetas del oficio, mi mano acomodaba mi cabello alborotado y la otra se arrimó en el filo de una jardinera. Ella llevaba un bolso, seguro con compras o papeles de sus trámites y, al igual que yo, lucía fatigada por tanto caminar.

Miraba intrigada un espectáculo que se desarrollaba en el lugar, me regresaba a ver y escondía su mirada. Manejaba puerilmente el intento de entablar una conversación; mientras yo la observaba esporádicamente y me sumergía en mis actividades laborales en medio de mi forzado descanso. “¿Qué están haciendo ahí?”, preguntó, como quien lanza palabras al viento con la esperanza de que alguien las oiga y se digne en contestar. Sin menor duda, sabía que yo tendría que responder y, con suposiciones de vista, le di una respuesta.

El silenció volvió a rodearnos. No alargué la conversación porque no consideraba que era el momento y el lugar apropiado. El sol precedente de media mañana me sofocaba y la plaza empezaba a llenarse de indigentes, que observaban como aves de rapiña a los incautos visitantes. Ella sostuvo su bolsa en mi dirección como aliándose conmigo por si los vagabundos venían a molestar y no decía nada. Imagino que yo también, inconscientemente, giré mi cartera en su dirección, aceptando su propuesta silente de apoyo, hasta que mi cuerpo decidiese retomar el ritmo del día y continuar.

Pasaron los minutos y ella miraba su reloj inquietamente, una y otra vez, como que desconfiaba de lo que veía. Quizás esa no era la hora que quería, era muy temprano o ya se atrasó. No podía saberlo, solo tenía la impresión de que ella no quería concordar con su tiempo. “¿Qué hora es?”, me preguntó. “Casi las diez”, le respondí. Puso una cara de sorpresa: “¡Ay! Ya ha sido tarde”. La vi levantarse y tomar su bolso con diligencia. “Hasta luego, un gusto” me dijo.

¿Un gusto coincidir en el mismo sitio? Hasta suponer la respuesta, yo también me levanté de la jardinera de la plaza de paso. Aunque había más gente junto con los vagabundos, no quería quedarme sola. ¿Sola? Ahora entendía, el gusto se refería con hacernos compañía, sin cruzar muchas palabras, pero compañía.

 

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