La promiscua de tu prima

No sabía ni siquiera cuántos enamorados había tenido, cuándo fue su primer beso, ni siquiera habían hablado de amores pasajeros; pero ella había imaginado su historial sentimental y sexual… Con una lista de supuestos encuentros casuales, amoríos interminables y ocultas infidelidades; no podía haber duda de que su prima era una promiscua.

Una noche de alcohol y libertinaje, en la que casualmente coincidió con aquella desdeñable mujer, la vio besarse con un hombre algo atractivo y notó que se tenían ganas, un deseo que terminaría de consumarse en algún lugar de esa habitación. Ella esperaba el momento en que eso ocurriera para reafirmar su convicción y gritarle al mundo que era cierta. Sin embargo, después de unos pocos minutos miró que su prima ya no se besaba con el apuesto muchacho y atacaba con sus labios a otro hombre, menos apuesto que el otro, pero con mucho más dinero, pensó. Pasaban las horas y no les quitaba la vista de encima, pero la multitud bailando y armando su propia orgía, le limitaba la visión. Ya no la encontró, ¿a dónde había ido? ¿con quién estaba? A lo lejos escuchó que alguien abría una puerta, se acercó a ver, pero sólo divisó dos siluetas deslizándose al interior de la habitación. Seguro es mi prima con el que cayó primero, se dijo a sí misma. No quería irse de la fiesta, pero el amanecer estaba cerca y los dos seres llenos de promiscuidad todavía no habían escapado de su deseo y no abandonaban la habitación.

Ya no importaba verlos salir, ni siquiera importaba si era su prima, ella lo creía y punto. Ahora tenía el argumento para decirle a todos que esa mosquita muerta, no era más que una impostora. ¿En qué se convertiría su imagen inocente después de que su abuela supiese que su nieta no llegaría virgen al matrimonio? ¿Con qué cara miraría su madre a la familia cuando la señalasen por su impúdica hija? Eso lo hubiéramos sabido ese mismo día, si al llegar a casa, ella no hubiera sentido nauseas ni esos inexplicables mareos.

Cuando una de las niñas perdió su virginidad antes del matrimonio y quedó embarazada, todos la juzgaron y buscaron a alguien más a quien achacar; claro, la prima promiscua era la del mal ejemplo. No podía culparse a la poca intervención de los padres (ellos no nos deben incitar al sexo), tampoco la influencia de los malos amigos (ellos son los que nos dan los buenos consejos) y, mucho menos, a la de la sociedad (es normal, todo lo que nos rodea es sexo).

Después de un tiempo se restituiría la honra de las mujeres de la familia y se las sometería a los atavismos machistas: La prima se va a casar (quizás no virgen, pero con “el primero en su vida”). -¡Mentira!- gritó ella. -Todos saben que tiene un gran historial de amantes- refutó a toda la familia; pero nadie la escuchaba o no quería hacerlo.

Pasaban los días y con ellos, los preparativos de la boda. Ella ayudaba a su prima y cada vez que se veían, le sonreía hipocritamente, quizás pensando: Aún sigues buscando tu vestido blanco, perra. Intentaba sacarle información sobre su vida amorosa, esa sobre la que tanto había especulado y ahora quería saber la verdad. Su prima notaba la ansiedad e interés, pero no sentía confianza para contarle si fueron o uno o miles sus amantes; sabía que de una u otra forma todo sería tomado en su contra. -Te confesaré todo mañana, nos veremos en este mismo lugar en la tarde- le dijo para apaciguar por un momento la tensión. Ella sonrío, no podía creer que podría matar al pez por su propia boca y le aseguró que estaría puntual.

Al día siguiente, su prima no llegaba y empezó a impacientarse. Después de casi una hora llegó, tenía una expresión relajada. Saludaron, se sentaron y de entrada empezó el interrogatorio: ¿Cuántos fueron? Su prima le detalló nombres y circunstancias; cuando las rodeó el silencio, se puso de pie y le dijo: Puedes distorsionarlo a quien quieras; mi madre y quienes me importan saben la verdad. Entiendo que tus principios no concuerden con los míos y nunca lo serán, pero tranquila, los entiendo; por ello, eres exenta de no asistir a la boda de la promiscua de tu prima. La miró fijamente y le dijo: Siempre supe que me llamabas así.

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