Trabajen y no envidien

No sé si es cuestión de género, algún gen biológico o, simplemente, otra tara más de la sociedad; sin embargo, la mayoría de mujeres (y me incluyo porque a veces me fluye) padecemos un mal llamado ENVIDIA. Durante toda mi vida he conocido muchísimas mujeres envidiosas de distintas especies.

  • Están aquellas a quienes les corroe la envidia, pero siempre están junto a una, fingiendo ser amigas. Sin embargo, tarde o temprano se les cae la máscara y no hay nada que lo pueda remediar.

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  • No faltan las envidiosas algo “sinceras”, que al igual que las anteriores aparentan ser tus amigas, pero siempre están cuestionando y todo les parece mal. Tienen un aire amargado y “quemeimportista”. Sus comentarios nunca serán alentadores, ni sus consejos acertados; lo único que quieren es hacerte sentir mal.

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  • Están las que de entrada demuestran su envidia  y, tras ver tu indiferencia, se dedican a hablar mal de ti. Esparcen chismes por todo lado y con todo el mundo. Lo bueno con este tipo de envidiosas es que la gente conoce su forma de ser y sus palabras no tienen mucho efecto.

alalalal

  • Y cómo olvidar a las que no tienen ni un poco de vergüenza  y se declaran abiertamente tus enemigas, con el fiel propósito de hacerte la vida imposible. Confieso que éstas son las que más me encantan porque sus ridiculeces me hacen reír.

buricrata amargada

No juzgo a las personas envidiosas, porque más allá de una mala actitud, este anti valor refleja la carencia de algo que va mucho más allá de lo material, quizás cariño, autoestima, sabiduría, etc. Puedo comprender que existan circunstancias que nos pongan en desventaja con otras personas y eso nos frustre; pero eso, de ninguna forma es culpa de alguien más, es algo que depende de nosotros mismos.

Recuerdo la ocasión en que un grupo de mujeres profesionales se acercaron a mí como una “pandilla de barrio” comandas por la jefa de su banda. Después de indagar sobre mi vida personal, me lanzaron una burda amenaza, que me dejó sorprendida, luego me causó risa y, al final, indignación. Me puse a pensar en cómo hay personas que no se ponen en el lugar de otras, que no se dan cuenta que algún día pueden atravesar por la misma situación y alguien, más tirano que ellas, les puede hacer pasar por lo mismo. O peor aún, no consideran que tienen hijos, hijas, familiares u amigos que pueden ser tratados de la misma forma. Lastimosamente, la envidia es un mal cegador que no nos permite ver más allá de nuestros propios intereses.

De eso ya ha pasado algún tiempo y quiero decirles a las envidiosas (y  quién sabe) envidiosos, que ahora me encuentro muy bien; es más, les agradezco por darme la pauta para demostrar lo que soy y lo que puedo hacer. Y sin más que decirles, me despido para seguir trabajando y, ustedes, por favor, también trabajen y no envidien. El mundo (el verdadero) espera de nuestros hechos.

 

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