El mal humor no es endosable

Recuerdo cuando mi mamá tenía un mal día y llegaba a la casa con toda su euforia acumulada. Aunque no podía disimularlo, se contenía, hasta que estallaba con el primero que se le cruzaba por el camino; luego reflexionaba y me decía que nadie tenía por qué pagar por su mal humor.

No cabe duda que todos tenemos nuestros días en los que nos levantamos con el pie izquierdo y todas las supersticiones caen sobre nosotros. En algunas ocasiones no podemos expresar nuestro malestar y lo vamos acumulando, quizás por horas o días, pero llegará el momento en que algunos no podrán controlarlo y estallarán con la persona y en el momento menos indicado.

Considero que los problemas se quedan en el lugar donde sucedieron y es ahí donde los tenemos que solucionar. No podemos llevar los pesares familiares al trabajo, ni viceversa; porque de esta forma estaríamos generando un ambiente negativo todo el tiempo. Se supone que cada espacio debe provocarnos diversas sensaciones; si el hogar presenta problemas, el trabajo puede ser una distracción o si el empleo es fatigante, la familia se convierte en un punto de apoyo.

A veces, antes de cruzar la puerta solo basta respirar, pensar que no todo dura para siempre y mostrarle la mejor sonrisa al mundo, puesto que si él está de mal humor, nosotros trataremos de cambiarle el ánimo.

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