Salir con el ex (11vo efecto desenamoramiento)

Hace poco descubrí el onceavo y más importante efecto del desenamoramiento y, aunque parezca incomprensible, son situaciones que a veces suceden “por casualidad”.

Una conversación inesperada, terminó en un plan de salida entre mi ex, aquel de la historia sin fin, su enamorada, mi novio y yo. Al principio me pareció una mala idea porque no quería incomodar a mi pareja, se lo comenté y no pareció molestarle, de todas formas entre mi ex y yo solo quedaba una amistad lejana; por eso terminamos acordando el encuentro.

El día llegó y mi ex me llamó a confirmar la hora y el lugar. Colgó. Volvío a llamar para agregar su comentario desatinado: “Mi enamorada no sabe que saldremos, cuando nos encontremos tendremos que aparentar que es por casualidad“. Al inicio me desconcerté (pensé que era el mismo inmaduro de siempre), luego le resté importancia, me reí y accedí, aclarando que no soy buena para mentir.

A las pocas horas nos encontramos y fue el peor intento de fingir “casualidad”: Los diálogos eran obvios, las miradas penetrantes y el ambiente, de por sí, se sentía pesado. El trayecto era largo, pero por suerte tomamos direcciones contrarias en el bus y en el punto de llegada habrían miles de personas más. Llegamos y avanzamos hacia el centro de la ciudad, de rato en rato todos cruzábamos palabras, sueltas, pero al fin palabras.

Poco a poco, el ambiente aligeraba sus cargas pasadas o presentes, que felizmente ya no pertenecían a mí. Seguíamos recorriendo la ciudad, llegamos a un parque tradicional del centro y nos sentamos. El mundo entero giraba, incluyendo a mi ex y su enamorada, pero al verme reflejada en los ojos de mi novio y sentir que mis ojos brillaban también, no me importó nada: esperas, promesas incumplidas, inseguridades… Todo eso no existía más.

Volví a la realidad y parecía la misma, pero algo había cambiado. No sé exactamente qué fue, pero mi corazón latía de la misma forma que la primera vez que te vi: Tan real e inexplicable, tú o la forma, los dos.

Luego terminamos la salida en plan cervecero como buenos amigos, compartiendo experiencias culturales y riéndonos de la singularidad de nuestras costumbres.  Y al fin y al cabo, me convencí de que la mentira de mi ex terminó teniendo algo de verdad, porque él y yo:

Mientras que tú y yo:

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En primer lugar

Hace algún tiempo escribí un post acerca de los celos de pareja y confieso que para sucederme por primera vez,  esa sensación fue una de las peores que sentí en mi vida;  sin embargo, hace poco me di cuenta que hay otro tipo de celos que te duelen más.

Recuerdo que cuando estaba en el colegio con mis amigas prometimos que nunca íbamos a pelear por un chico y que nunca un hombre iba a estar por encima de nuestra amistad. Durante casi 5 años juntas, hemos cumplido nuestras promesas, pese a que por ahí nos ha gustado la misma persona e, incluso, nos hemos alejado un tiempo por estar con nuestros novios o las nuevas amistades; pero nunca he sido una amiga celosa, porque todos a lo largo de nuestra vida conocemos muchas personas y somos libres de invertir nuestro tiempo con quienes queramos. En realidad, todo eso no me afectaba porque, al fin y al cabo, terminaba viendo a mis amigas y compartiendo tiempo con ellas.

Hace una semana, tenía que verme con una de mis mejores amigas porque quedó en acompañarme en una de esas salidas que son “only girls” pero que no puedes ir con cualquier amiga. Me timbró y me dijo que iba a dejarle unos papeles a su novio y luego nos veríamos; como faltaba pocos minutos para la hora acordada, le llamé y ella me respondió que se iba a quedar con él. No me enojé y le contesté que no había ningún problema, después de todo, era la primera vez que ocurría. Un par de horas después me volvió a llamar (seguro ya no estaba con el susodicho) y quería verme, pero yo estaba en mi casa y ella quedó en devolverme la llamada, que nunca llegó.

Pasaron varios días, sin saber de ella para planear algo juntas, porque era típico de nosotras vernos por lo menos una vez a la semana y ya la extrañaba. Pero me aguanté las ganas de escribirle o llamarle, porque era yo la que siempre hacía eso, para ver si existía interés de su parte. A la semana hablamos y le invité a una reunión en mi casa, ella me contó una plan para salir en la noche y aunque esa no era mi idea, la hubiera aceptado, digámoslo así, con tal de vernos. Durante los días que restaron no hablamos y nunca se concretó el nuevo encuentro.

No sé si me acostumbré a nuestras salidas, si tenía celos de que ahora pase más tiempo con su novio o simplemente que siempre terminaba siendo la que da más y comprende todo; lo único que tenía claro es que no me gustaba estar en segundo lugar.  Entiendo que cada uno tiene sus ocupaciones, incluso, yo no sé cuantas veces he dejado de lado a quienes quiero, por cumplir mis actividades; pero eso no significa que los olvide y era así como me sentía en ese momento.

Justo antes de acabar de escribir este post, sonó el teléfono y volví a creer en la telepatía. Mi amiga me explicó que no pudo venir, pero tampoco podía salir como quería. En ese momento no importaban sus explicaciones, sólo quería sentir que me habló porque me tiene cariño, porque somos amigas, porque hemos superado tiempos y distancias, porque ni una nueva amistad ni un hombre pueden borrar los momentos compartidos. Quería saber que ella, más que una amiga, es una hermana, porque  a veces con una sola palabra o un solo detalle puede devolverme mi primer lugar.

El último de los primeros días

Mañana será el último día que veré a mis compañeros, aclaro, dentro de una aula de clases, en la biblio, la cafe, en el parque central o en algún pasillo de la universidad al apuro, porque en la vida que nos espera afuera aún podemos seguir viendonos, aunque, quiero que no sea solo por casualidad.

Mañana será el último día de berrinches de adolescentes que se tratan de esconder tras su malgenio de pseudo adultos, de las preguntas capciosas y de las respuestas que buscan apantallar, de excusas perfectas para suplir la falta de interés por el conocimiento y de las desigualdades causadas por el poco respeto a la individualidad.

Mañana será el último día de reposar bajo el sol mientras los demás se queman el cerebro entre luces fluorescentes, de debates controversiales que no llegaban a la convergencia de ideas pero sí a la unión de personas, de idilios estudiantiles que no trascendieron, de risas que acabaron con la seriedad de un pensamiento filosófico y de camaradería para gastar una broma o consolar un desacierto.

Mañana será el último día que le diré a Clary: ¿qué tenemos de deberes?, a Angie: amiga, préstame dinero o no seas encamosa, a Ita: a ver, dime ¿qué pasó?, a Wendy: cuéntame el chisme, a Germán: ¡eres un morboso! y a Francisco: ya no llores o simplemente darle un golpecito 🙂

Mañana será el último de los primeros días en que tenga la ilusión de volver a verlos como unos profesionales triunfadores, unos padres o madres ejemplares, en sí, unos seres humanos valiosos. Mañana será el primer día que empezaré a escribir una historia basada en conocimientos académicos, consejos magistrales y, sobre todo, en la esencia de los buenos amigos.

Viviendo en las selvas

Hace una semana llegué de plena selva oriental de la provincia de Pastaza, en donde tras caminar varias horas por senderos lodosos, cruzar ríos, escuchar toda clase de sonidos animales y luchar contra los picazones de moscos e incluso abispas; me di cuenta, dejando de lado la no contaminación, la tranquilidad y la magnitud de las noches estrelladas, que vivir en la ciudad no era tan distinto.

Y es que salir de mi casa a la universidad es como caminar por las piedras de los ríos con tantas aceras destruidas y angostas y con calles mal pavimentadas. Y qué decir de intentar cruzar por los pasos cebras, donde tengo que tener tino que una “bestia salvaje” no me vaya a atropellar y como en el lodo tengo que fijarme bien por donde piso para no hundirme… debajo de las llantas de un auto. Y si no me comporto como un peatón responsable… de que los conductores cometan libremente sus imprudencias, ahí van los que me recuerdan los sonidos selváticos multiplicados por mil y en una forma inmensa de distorsión, mal usados pitos y bocinas de autos.

Pero tranquilidad, tranquilidad, no puede ser tan malo. Ya voy a llegar a casa y todo pasará. Los buses de mi ciudad van llenos, para variar, y las personas son como esas moscas y abispas que se le pegan a uno y de tanto que te rodean parecen que te van a asfixiar, por suerte estas no son nocivas.

Qué puedo decir, si sobreviví a la verdadera selva no creo que no pueda hacerlo con una mala réplica.