Cusco: Mi pequeño París

Muchas personas asemejan a Cusco con Roma por ser también capital de un gran imperio. Hay quienes  la comparan con otras ciudades europeas o andinas, a mi me pasa a veces cuando extraño a Quito por sus calles angostas y empedradas. Y otros dirán que no hay un lugar igual en el mundo. Sin embargo, esta hermosa ciudad es mi pequeño Paris, que algún día espero conocer. 

Ambas ciudades son consideradas heroicas, porque desde ellas se gastaron hazañas libertarias de sus continentes. Tienen raíces de lucha que inspiran mis ideales de un mundo realmente democrático. 

Con la peatonalización de la Plaza de Armas de Cusco, esta se convirtió en un espacio tranquilo para andar y contemplar la belleza arquitectónica de la Catedral y la Iglesia de la Compañía. Ahora no hay excusa para sentarse a tomar una bebida en uno de los balcones coloniales que rodean esta majestuosidad (yo me veo como en un bistró).

Y qué decir de la calificación de París como ciudad del amor. Así como Carrie Bradshaw, en Sex and the City, decide ir a vivir a Paris con el amor de su vida (en ese momento), yo también lo hice y es por ello que todo el ambiente me huele a romanticismo: la lluvia en las calles, los atardeceres en los miradores, las bancas ocupadas en las plazas. 

Cusco tiene ese inexplicable aire (algo gélido) de misticismo, cultura, historia, belleza y variedad, tal como debe ocurrir en aquella ciudad europea; pero aquí, obviamente, con su toque andino y con el sello personal que cada uno le quiera poner. 

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Vida urbana, pero no estresada

Un enamorado de mi adolescencia planeaba que algún día pudiéramos tener una casita en algún lugar en medio del bosque, cerca de un río, rodeados de animales y con un terreno lleno de jardines y huertos. Él siempre soñó que viviéramos en el campo, pero siempre le respondía: Yo, ¿en el campo? Jamás.

No porque no me gustara el campo (algún día puedo vivir ahí), pero no podía imaginarme mi vida sin ese toque citadino que te da el sonido de los autos, la sombra de los grandes edificios; incluso, los lugares llenos de gente, claro, siempre y cuando pudiese manejar mi enoclofobia. Sin embargo, al ver el caos en la que se ha convertido la ciudad, ya no me parece tan buena mi elección.

Cada mañana debo soportar el tráfico de las vías y lidiar con el poder que algunas personas se atribuyen solo por estar tras un volante. Tengo que aguantar el subirme a transportes públicos atestados de gente que atenta contra la dignidad, invade espacios, agrede masivamente y vive su egocentrismo. No puedo olvidarme de andar con cuidado por las calles por la delincuencia o imprudencia. Pero, lo peor de todo no es lo que hay que transigir, sino lo que debo evitar: No contaminarme con el estrés de la vida urbana.

Consuelo Roldán en el sitio web plataforma urbana destaca que las ciudades tienen efectos negativos sobre la salud y cita un artículo de la Revista Nature que afirma que “los urbanícolas al ser sometidos a un stress activan en mayor proporción la zona cerebral de la amígdala, que esta relacionada con la tensión”. Además señala que “sufren trastornos de ansiedad, depresión y otros comportamientos que se observan con mayor frecuencia en las ciudades, como la violencia”.

Es indudable que después de un día caótico en la ciudad, muchos somos víctimas o suministradores de algún gesto o comentario desatinado, que evidencia el estrés. Y, según Roldán, el problema de una convivencia infeliz en las ciudades son las sociedades que en ellas habitan, caracterizadas algunas por el hedonismo, el materialismo, la competencia, el querer rendir al máximo, ser siempre bellos o el negar el dolor.

Queremos vivir en una ciudad armónica, en la que el tráfico fluya, donde no haya delincuencia, con menos índices de contaminación, con espacios incluyentes… Y siempre exigimos más y más a la ciudad, o al alcalde, que, al fin y al cabo, decidió ser un representante.  No obstante, la construcción de  la sociedad y, por ende, de la ciudad nos corresponde a todos y a diario. Sería bueno preguntarnos ¿qué puedo yo hacer hoy para que mi ciudad sea un lugar agradable?

Tal vez algún día me anime a aceptar la propuesta de irme a vivir al campo. Pero mientras tanto quiero defender mi derecho de vivir en la ciudad con autos, edificios, mucha gente;  no quiero estrés, violencia, agresión, mal humor… Quito es “chiquito” y para eso no hay cabida.

Quito, Ecuador

UIO, ¡movilízate!

La expansión territorial de Quito y el crecimiento indiscriminado del parque automotor privado ocasionan problemas en el flujo de tránsito de la ciudad.  Una de las causas que considera el Municipio de Quito, dentro de la problemática de movilización,  es la aplicación de un modelo de crecimiento, basado en la expansión horizontal de la urbe hacia los extremos norte sur y los valles orientales.

El crecimiento horizontal de Quito produce una baja densidad de ocupación del suelo y una distribución territorial centralizada de los servicios.  Desde el punto de vista de la movilidad implica la concentración de destinos y de viajes radiales hacia el Centro Histórico de Quito y el hipercentro.

Las alternativas municipales para mejorar la movilidad en Quito comprenden un manejo integral del sistema en los temas de vialidad, transporte, tránsito y seguridad vial. La primera acción concreta para resolver la problemática vial, principalmente para controlar el exceso de autos en el perímetro urbano, fue la aplicación de la circulación vehicular restringida, con el pico y placa. Esta medida para regular el tránsito tiene más de un año de vigencia; sin embargo, la decisión no ha terminado con el caos vehicular.

Las personas que se movilizan en auto particular cambiaron sus horarios de circulación; otras optaron por adquirir otro medio de transporte particular, con terminación de placa distinta a la del día de restricción. Según las estadísticas del Observatorio de Movilidad,  son muy pocos los ciudadanos que usan el transporte público cuando no pueden usar sus vehículos.

Y es que el sistema de transporte público no muestra una cara distinta. El municipio colocó paradas de buses en gran parte de Quito, que la mayoría de veces no son respetadas por transportistas ni usuarios; lo que genera congestionamientos viales y una cultura de desorden. Por otro lado, la movilización en buses públicos implica que los usuarios salgan con varios minutos de anticipación, sobre todo, cuando hay que atravesar la ciudad en medio del tráfico.

La solución ante esto sería utilizar los sistemas de transporte público del Municipio de Quito, como el trolebus, ecobus  y metrovía, que  circulan por un carril exclusivo para optimizar el tiempo y evitar a los vehículos particulares.  No obstante, estos medios de transporte tienen inconvenientes en horas pico por invasiones en su carril y la cantidad de usuarios.  Si el sistema de transporte metropolitano brinda rapidez, no hace lo mismo para garantizar la seguridad y comodidad de los usuarios.

Actualmente, el Municipio de Quito trabaja en modernización de los semáforos, el control del mal estacionamiento, la creación de más espacios de parqueo, el aseguramiento de cruces peatonales conflictivos y la realización de reformas geométricas en las principales calles; pero la situación no mejora del todo y eso es evidente cada mañana al ir a los lugares de estudio y trabajo y, mucho más, en los retornos a los hogares.

El proyecto de movilización eficiente que plantea el gobierno local para el 2022 incluirá nuevos ejes viales, la construcción del metro, mejoras en calles y avenidas y movilidad alternativa. Pero todos estos planes no tendrían sentido sino existe el apoyo y colaboración ciudadana. Es vergonzoso encontrarse con conductores y peatones que irrespetan las leyes de tránsito; de igual forma, es indignante, ver a los ciudadanos que no siguen la columna para ingresar a los buses y que usan la agresión, como defensa de su individualidad.

UIO, ¡movilízate! con gente que quiere llegar a algún lugar y no con aquella que se mueve, solo por moverse.

Viviendo en las selvas

Hace una semana llegué de plena selva oriental de la provincia de Pastaza, en donde tras caminar varias horas por senderos lodosos, cruzar ríos, escuchar toda clase de sonidos animales y luchar contra los picazones de moscos e incluso abispas; me di cuenta, dejando de lado la no contaminación, la tranquilidad y la magnitud de las noches estrelladas, que vivir en la ciudad no era tan distinto.

Y es que salir de mi casa a la universidad es como caminar por las piedras de los ríos con tantas aceras destruidas y angostas y con calles mal pavimentadas. Y qué decir de intentar cruzar por los pasos cebras, donde tengo que tener tino que una “bestia salvaje” no me vaya a atropellar y como en el lodo tengo que fijarme bien por donde piso para no hundirme… debajo de las llantas de un auto. Y si no me comporto como un peatón responsable… de que los conductores cometan libremente sus imprudencias, ahí van los que me recuerdan los sonidos selváticos multiplicados por mil y en una forma inmensa de distorsión, mal usados pitos y bocinas de autos.

Pero tranquilidad, tranquilidad, no puede ser tan malo. Ya voy a llegar a casa y todo pasará. Los buses de mi ciudad van llenos, para variar, y las personas son como esas moscas y abispas que se le pegan a uno y de tanto que te rodean parecen que te van a asfixiar, por suerte estas no son nocivas.

Qué puedo decir, si sobreviví a la verdadera selva no creo que no pueda hacerlo con una mala réplica.

Vivir en QUITO

 

 

¡Lo máximo de ser ecuatoriano es ser quiteño!

Pero se preguntarán por qué si hay mucha delincuencia, un clima inconstante y un tráfico que ni hablar…. Me imagino qué hubiera sido de mí si hubiese nacido en otra ciudad. De seguro, no estaría escribiendo este post y estuviera muriendome de frío en algún lugar del Polo Norte o Sur o, por el contrario, con mucho calor en alguna zona del Caribe. En realidad, no podría asimilar la idea de no haber nacido en esta hermosa ciudad y el haber crecido en ella.

Yo me considero realmente una chica UIO: Al despertarme de madrugadita, me muero del frío porque las montañas no permiten sentir el sol en las primeras horas. Cojo el bus con una hora de anticipación y no me olvido de mi música para soportar el eterno tráfico. Paso mi mayor tiempo en medio de los grandes edificios del Quito moderno (bueno ahora en las construcciones del Quito antiguo), en medio de esa multitud de personas apuradas, poco amables y que son indiferentes de su propia identidad. Con la pinta veraniega que suelo usar, la esperada lluvia vespertina ya no me sorprende porque ando a cargar mi chompa, aunque me estorbe cuando a mi cuidad le gusta amagarme. Al finalizar el día, no existiría ciudad más perfecta donde pueda caminar por calles estrechas y empedradas que huelen a historia, café y pan caliente que despiertan los sentidos de mi soledad; al mismo tiempo, que los sentidos de miles de soledades más.

Como no podría amar a esta ciudad, si la recorrí de extremo a extremo con los amigos que ella mismo me dio; si cada rincón se convirtió en el lugar más romántico con el amor de mi vida, que en pleno Centro Histórico lo conocí. Son tantas historias buenas y malas, que no cabrían ni escribiendo en las aceras de toda la ciudad. Pero de todas formas esto es mi UIO, como dice un músico: “a veces un sueño y otras una pesadilla, ¡así es y así me gusta!” Y yo solo puedo decir que ¡de leyf es así!