Entre amigas

De seguro cada una de ustedes, de vez en cuando, tiene su momento de “entre amigas” y agrego el ENTRE porque más allá de un encuentro, es una compenetración donde conversamos de una infinidad de cosas, algunas que ni vienen al caso; pero, de una u otra forma, ese es nuestro momento para olvidarnos de todo y sentirnos bien. ¿Qué haríamos sin nuestras mejores amigas? De seguro, el mundo ya no sería tan divertido.

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No importa el día ni la hora del encuentro, pero una tiene que llegar a la cita impostergable. Es mucho más emocionante cuando es el reencuentro; porque ya con las nuevas obligaciones laborales o familiares, el poder salir con las amigas se vuelve más complicado.

Desde la odiosa de la oficina, el chico guapo que conocimos ayer hasta los retos profesionales que queremos lograr, son los temas que nunca faltan, en medio de risas y remembranzas de los mejores momentos del colegio, universidad, etc, que al recordarlos parece que nunca hubiese pasado el tiempo.

Cuento las horas para que llegue ese encuentro entre amigas. El tiempo pasa, las circunstancias son diferentes, pero nosotras en el fondo seguimos siendo las mismas.

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Cuando tienes que re-encontrarte

Desde hace poco mi cotidianidad se ha llenado de muchas pérdidas: desde mis aretes favoritos hasta mi gatito que me hacía sonreír; incluso, me he perdido yo misma y aún no sé en qué momento me dejé ir.

Ahora solo intento reencontrarme, pero no tengo idea por dónde empezar. Quizás puedo hallarme en la niña consentida a quien todos tenían que complacer, que de vez en cuando se hundía en sus caprichos, pero con amor verdadero podía resurgir. O quizás en la adolescente algo desorientada, que en medio de rebeldías buscaba su propia identidad. Mejor aún, puedo buscarme en medio de los retos que la vida nos pone en el camino, cuando nos damos cuenta de que en los momentos más difíciles, nuestra fortaleza crece y nos toca llegar hasta el fondo para tomar impulso y resurgir.

Puedo tomar parte de cada una de esas fases de mi vida para armarlas y saber lo que han hecho de mí. Pero sé que no puedo hacerlo sola; hay muchas personas que cada día me recuerdan por qué y para quién estoy aquí. Con sus palabras o tan solo con un gesto, hacen que todo vuelva a tener sentido. ¡Cómo rendirme! si la vida me da muchos motivos para seguir.

Sus manos se estiran hacia mí para devolverme al camino. Está bien, pero aún no debo, no quiero salir. Estoy buscándome todavía y al final se que me re-encontraré a alguien mucho mejor de lo que creí.

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Compañías silentes

Nos encontramos en una de esas plazas de paso, aquellas en las que tienes que permanecer por cansancio y no por el deseo de ver pasar la gente, los buses, el tiempo. En realidad, son esas en las que no tienes nada que admirar ni esperar. Pero ahí nos sentamos; yo llevaba mi cartera  y las carpetas del oficio, mi mano acomodaba mi cabello alborotado y la otra se arrimó en el filo de una jardinera. Ella llevaba un bolso, seguro con compras o papeles de sus trámites y, al igual que yo, lucía fatigada por tanto caminar.

Miraba intrigada un espectáculo que se desarrollaba en el lugar, me regresaba a ver y escondía su mirada. Manejaba puerilmente el intento de entablar una conversación; mientras yo la observaba esporádicamente y me sumergía en mis actividades laborales en medio de mi forzado descanso. “¿Qué están haciendo ahí?”, preguntó, como quien lanza palabras al viento con la esperanza de que alguien las oiga y se digne en contestar. Sin menor duda, sabía que yo tendría que responder y, con suposiciones de vista, le di una respuesta.

El silenció volvió a rodearnos. No alargué la conversación porque no consideraba que era el momento y el lugar apropiado. El sol precedente de media mañana me sofocaba y la plaza empezaba a llenarse de indigentes, que observaban como aves de rapiña a los incautos visitantes. Ella sostuvo su bolsa en mi dirección como aliándose conmigo por si los vagabundos venían a molestar y no decía nada. Imagino que yo también, inconscientemente, giré mi cartera en su dirección, aceptando su propuesta silente de apoyo, hasta que mi cuerpo decidiese retomar el ritmo del día y continuar.

Pasaron los minutos y ella miraba su reloj inquietamente, una y otra vez, como que desconfiaba de lo que veía. Quizás esa no era la hora que quería, era muy temprano o ya se atrasó. No podía saberlo, solo tenía la impresión de que ella no quería concordar con su tiempo. “¿Qué hora es?”, me preguntó. “Casi las diez”, le respondí. Puso una cara de sorpresa: “¡Ay! Ya ha sido tarde”. La vi levantarse y tomar su bolso con diligencia. “Hasta luego, un gusto” me dijo.

¿Un gusto coincidir en el mismo sitio? Hasta suponer la respuesta, yo también me levanté de la jardinera de la plaza de paso. Aunque había más gente junto con los vagabundos, no quería quedarme sola. ¿Sola? Ahora entendía, el gusto se refería con hacernos compañía, sin cruzar muchas palabras, pero compañía.

 

No me esperabas, no te busqué

Era una tarde (no sé si decir de verano o invierno), en la que el sol brillaba tan fuerte y el viento corría algo apacible, haciéndome olvidar que estaba en medio de las montañas andinas. Al fin había llegado a uno de los lugares que soñaba visitar.

No sentía gran cansancio después de 16 horas de viaje. Seguramente mi emoción era más grande, que impulsaba mis pies para avanzar y acrecentaba mis fuerzas para cargar el equipaje.  No sé cuántas veces vi ese lugar en fotos, en vídeos, en Google Maps; pero todo era poco para la belleza que emanaba y ese toque hogareño que me inspiró. No lo conocía del todo pero la intuición me hacía creer que “volvía”, como si en otra vida hubiese partido de ahí.

Vi la ciudad mientras la cruzaba en un taxi. Moría de ganas de conocer la plaza cosmopolita, caminar por sus calles angostas y sentir ese escalofrío al caer la tarde. Pero antes tenía un destino que cumplir, quizás mi mente no lo entendía, pero mi espíritu ya sabía hacia donde tenía que ir.

Una y otra vez visualicé el plan del encuentro; todo estaba claro. Desde lejos te divisé y sin haberte visto en persona,  sabía que eras tú. Las piernas me temblaron, mi cuerpo se estremeció y la emoción del momento cambió el rumbo de la sorpresa. Sin embargo, el desliz creó un ambiente de abstracción entre los dos. No existía el mundo: Eramos solo tú y yo.

En instantes se empezó a escribir una historia, que nos escogió como protagonistas, en un escenario mágico y con un tiempo que empezaba su cuenta regresiva; mas tus pies y los míos decidieron seguir un mismo rumbo.

Hay miles de aventuras y sueños que podría contar desde aquel 27 de junio de 2011. Pero hoy me basta abrir nuestros corazones y leer entre líneas, que un día o un año tienen la misma intensidad, cuando se dejan sorprender por el amor espontáneo.

No me esperabas, no te busqué… pero nos encontramos 

Sólo bastaba respirar

Hace pocos días una amiga, que practica yoga y otras técnicas de equilibrio y armonía espiritual, me comentó acerca de la importancia de  respirar de una forma correcta. Muchas veces pensamos que tomar aire por la nariz es una acción cotidiana que nos permite simplemente vivir y que no requiere de alguna técnica especial.

Sin embargo, hay diversos tipos de respiración para beneficiar el cuerpo y los estados anímicos. De igual manera, la respiración cotidiana requiere de mayor atención, porque no es sólo cuestión de introducir aire a nuestro cuerpo. El secreto está en tomar gran cantidad de aire por la nariz, de forma que nuestro estómago se infle un poco; sentir el aire en nuestro interior y botarlo suavemente por la nariz nuevamente o por la boca.

En un principio no le di gran importancia al tema. Pero recién, mientras caminaba por la calle me encontré con alguien a quien no quería ver. En un último encuentro inesperado, no pude contener mis nervios, me aturdí y dejé que la impulsividad influyera en mis actos. Esta ocasión pudo haber sucedido lo mismo; pero respiré profundamente y una paz se apoderó de mí. Sutilmente evité el encuentro y me mantuve tranquila, como si ese momento jamás hubiera sucedido.

Según expertos, la respiración correcta actúa sobre el sistema nervioso; nos permite controlar situaciones de estrés y preocupación, para transformarlas en sensaciones positivas. También en momentos de conflicto, esta respiración cohibe las reacciones negativas y nos da la posibilidad de buscar una respuesta más coherente.

No sé porque me hice tanto lío con aquellos encuentros, si sólo bastaba respirar, no mirarte, volver a respirar, no recordar el pasado, volver a respirar, no saber de tu existencia, volver a respirar, vivir mi vida y, como dice una canción, sólo respirar muy lento…

 

Si pensaste

Si pensaste que  yo caminaba por la misma acera y no te vi o, que al mirarte, no supe cómo reaccionar y crucé la calle para evadirte, estás equivocado: no estabas en mi rumbo. Si pensaste que en ese encuentro inesperado e irónico, volví a sentir esa emoción en el pecho, te equivocaste: fue una sensación de desengaño, porque no puedo seguir esperando que el destino nos pongan en el mismo camino cuando mi corazón ya no quiere ir hacia ti.

Si pensaste que al tenerme frente a ti,  volverías a ver ese brillo en mi mirada, estás equivocado: mis ojos ni siquiera se cruzaron con los tuyos. Si pensaste que al pasar de largo, giraría mi atención hacia ti y te buscaría entre las personas, estás equivocado: ya no resaltas entre la multitud, porque no debo pensar en el pasado cuando mis fuerzas ya no te incluyen en mis sueños.

Si pensaste que tendría celos al verte con alguien más, estás equivocado: no me llega ni a los talones. Si pensaste que al darle un beso, me restregarías que eres feliz, estás equivocado: no sirven de nada mil besos si no existe amor, porque no quiero volver a sentir algo por quien da manifestaciones de cariño vacías.

Aparecerás un día de muerte y lluvia

Cuando me imaginaba encontrarte, pensaba en un momento, en un espacio, en un lugar que me transmitiera vida y alegría, y paradójicamente te encontré en un cementerio. En medio del sentimiento de pesar y dolor que te produce un sitio así, ahí estaba yo con las mariposas a medio resucitar, con mis ojos brillando entre las lágrimas y mi corazón que latía, se paraba, seguía parado y volvía a latir. Cualquiera hubiera pensado que estaba en el lugar preciso para fallecer, pero si me iba a morir solo sería de la ilusión.

¿Y qué podía hacer en ese rato? Si la situación no era la apropiada.  Éramos tu y yo los adecuados que habíamos caído en un día, hora, espacio y tiempo que no nos correspondían para encontrarnos. Habíamos sido objeto de la ironía de algo que estaba más allá de nuestra explicación.

No es que no hubiera podido encontrarte en otro lugar, porque de hecho antes ya te había visto, pero no de la forma como en ese instante sucedió. No puedo decir que fue por la emotividad que sentía, porque ahora me fijaba que existías o porque era una manera de evadir lo que estaba pasando; simplemente, sin cruzar nuestras miradas, algo surgió y pasó, acaso, ¿cosas como estás se pueden entender?

Te confieso que sabía que cuando llegarías no te anunciarías, no habría indicios de que estabas cerca, no habría luces, ni música, ni cámaras que te harían un zoom y congelaría el momento; tampoco estaría preparada como cuando sales con la intención de hacerte un levante y te arreglas lo más que puedes, como si el exterior pudiera suplir las carencias del alma; solo estaba ahí sentada, mostrándome tal cual soy: más frágil de lo normal, con una gran empatía y sin la mínima intención de ocultar mis sentimientos.

Ahora me pregunto ¿te volveré a ver? lo seguro es que algún momento sí; pero, me refiero, si será de la misma forma que ese día de muerte y lluvia, que al contrario de las escenas copiadas por mi cerebro de las películas románticas, despertó en mí las ganas de vivir.

 

Deseos espontáneos

Para el momento de nuestro encuentro quiero que todo sea imperfecto, no sabes cuánto me gusta planificar cada acto de mi vida, pero debo confesar que amo más que todo salga como menos me lo esperaba.

Quiero verte y reconocerte, no solo porque te he visto en fotos, sino porque algo dentro de mí inmediatamente me va a decir “ahí está” y en ese instante la escena se va a congelar, giro de 90 grados y un zoom a nuestras miradas. Tú tendrás esa cara de enojado, que no me intimidará aunque te demuestre lo contrario y baje la mirada y finja que veo a otro lado. Daremos unos pocos pasos sin saber de qué empezaremos a hablar y mientras pienso tendré en mi cara una sonrisa por mi alegría incontenible. Entonces encederás un cigarrillo, luego otro y otro más, y yo voltearé mi rostro evitando el humo del cigarrillo que hasta ese momento estaré tratando de dejar. Te comentaré algo al respecto y tu lo complementarás, cambiaremos de tema, luego saldrá otro comentario y nos desviaremos del tema central.

Calles angostas, grandes avenidas o simplemente algo que nos invite a caminar serán testigos de esas pláticas digitales que ahora hasta se podrán palpar. Para no perder la costumbre saldré con un comentario gracioso o uno de mis malos chistes que dibujaran algo asi como una mueca en tu rostro, digamos una media sonrisa, que quieres ocultar pero que  tus ojos me confiesan que te sientes bien.

De repente nos rodeará el silencio, pero no un silencio incómodo, sino uno de aquellos que te permiten conversar sin palabras. Tú alzarás tus ojos al cielo o a cualquier lugar para sentir esa tranquilidad de saber que estás con alguien más y yo cerraré los míos pidiendo que ese momento no termine nunca; los abriré lentamente y seguiré tu mirada imaginando que estás pensando lo mismo que yo. Justo en ese instante caerá una gota de lluvia sobre mi nariz y en pocos segundos una lluvia torrencial cubrirá toda la ciudad. Empezaremos a correr, no para buscar refugio, solo para vivir intensamente el aguacero; las gotas serán cada vez más leves, querré seguir corriendo pero me detendrás del brazo y al vernos empapados no podremos hacer nada más que reír sin parar.

No habría contradicción más perfecta que ver como se alisan tus rizos y como se ondula mi cabello lacio.  Nos sacudiríamos un poco y caminaríamos empezando de nuevo una buena plática, como solo son las nuestras, mientras la gente nos quedaría viendo como dos dementes que no les importa estar mojados en el frío andino, sin saber que somos más que eso: dos seres que encontraron una complementariedad al compartir sus ideas, pensamientos, conocimientos o simplemente sus deseos de lograr  lo irreal.