No Happily Ever After

No dije un Sí, ni firmé un papel para amarte incondicionalmente y desear compartir el resto de mi vida a tu lado. Esas son puras formalidades. Te entregué parte de mi vida ya desde antes y sabía que quería estar contigo hace mucho tiempo. Nunca te lo dije y seguro nunca sospechaste el momento en que verdaderamente dije Sí.

Después de nuestro primer paseo y una serie de adversidades, logramos conseguir un bus en medio de la noche. El cansancio te abatió y caíste dormido a mis piernas. Te miré y sentí una mezcla de amor y ternura que jamás antes había sentido. Pusiste a prueba tu templanza, paciencia y comprensión. Entonces supe que sólo a tu lado encontraría ese amor, apoyo, cariño y positivismo que esperaba. No queria a nadie más a mi lado.

Así como ese día, sé que no todo será felicidad. Hay días en los que el mundo me sonríe y otros en los que yo tengo que hacerle cosquillas y, lo mejor, es que ahora estás tú para sacarle una sonrisa más grande. No quiero un “felices para siempre”, porque no creo en ese tipo de cuentos. Quiero un “felices hoy” para saber que nuestra alegría es fruto de nuestro constante esfuerzo. Contigo y nuestro amor, no hay para qué esperar más.

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Soñar no cuesta nada

Anoche sentí tus caricias, percibí tus besos, dejé tu espacio a la derecha de la cama y soñé contigo, aunque sabía que no estaba durmiendo. Giré mi cabeza para verte dormir y escuchar el soplido seudo ronquido de tu nariz; lentamente me acomodé en el mínimo espacio que queda entre tu cuello y tu hombro, mientras veía como mi cabello cubría parte de tu brazo.

Trataba de no cerrar mis ojos porque no quería que termine el momento, me movía de un lado al otro y, en contra de mi voluntad el cansancio me ganó la batalla. De seguro sentiste los extraños espasmos de mi sueño (que supe de su existencia gracias a ti), también imagino que lidiaste con los fenómenos de mi respiración y te conmocionaste con mis posiciones para dormir.

Tu respiración cerca de mi oreja era la forma más común de despertar, o de hacer el intento, porque nuestra peculiar pereza nos hacía dilatar nuestros sueños, aquellos que empezaban cuando teníamos los ojos abiertos. Y hoy me desperté con una sonrisa como la de esos días. Por la ventana se escabulló un rayo de sol, las cobijas estaban revueltas, todo parecía igual; sin embargo, ya no hacía calor y tu presencia a mi lado ya no estaba. En ese instante sentí que algo me faltaba, pero no tenía tristeza, porque sé que, aunque no podamos contra el tiempo y la distancia, por lo menos soñar no nos cuesta nada.

No nos sorprenderá solos

Si yo tenía un dolor en el cuerpo, tú tenías un dolor en el alma; pero, por lo menos, algo en común tuvimos. Si yo quería compañía, tú buscabas alguien que cuide de ti; qué bueno haber coincidido.

Tal vez las palabras sobraban, no más sermones; de seguro las razones también estaban de más. Solo había que vivir en la locura de un día cotidiano, que con tu presencia pudo transformarse en algo, que lo tradicional, común o anticuado, no podrían entender; ni siquiera yo con todas mis palabras lo puedo explicar.

Me sacas más de una sonrisa, me sumas minutos productivos, restas importancia a cosas que en otras circunstancias serían imperdonables; simplemente me enseñas a ser yo misma y me permites conocerte tal y como eres. No hay necesidad de artimañas, ni encantos para agradar y pasar por alguien aceptable. No hay que caer en formalismos, ni estereotipos para adaptarnos a nuestro mundo. No hay tiempos, ni distancias. Somos tú, yo y ese sentir que nos ha rodeado.

Aún hay un poco de dolor. El del cuerpo mañana ni será recordado, el del alma tardará más en pasar, pero pasará y hasta un día podremos reírnos de ello. Y si algún día como hoy, vuelve el dolor a nosotros, ya le llevaremos ventaja porque ya no nos sorprenderá solos… mi mano y la tuya estarán extendidas para unirse y ahí ya estaremos juntos.