¿Quién es mi amigo?

Últimamente me he hecho esta pregunta, una y otra vez. Hace poco creía tener un montón de amigos:  Esos con los que no te hablas mucho, pero sabes que están siempre ahí; esos otros que siempre ves y todo fluye con la cotidianidad; o de aquellos a quienes solo dices hola y el rato menos pensado te dan una mano. Todos pueden ser tus amigos o ninguno puede serlo.

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Cuando eres niño o adolescente piensas que tienes un amigo porque pasas la mayoría del tiempo con él, porque es divertido o porque tienen muchas cosas en común. Poco a poco, dependiendo del lugar donde te encuentras, te das cuenta que amistad no es sólo eso, es también tener un objetivo común, una predisposición por entregarle tiempo a alguien más y saber que puedes hacer más de lo que crees por esa persona.

Con el paso del tiempo también aprendes que amistad es superar tiempos y distancias, porque hasta los mejores amigos toman rumbos distintos, pero sus mentes y corazones permanecen juntos. Aprendes que confiar en alguien es más indispensable que gustar o pensar lo mismo. Entiendes que una llamada, mensaje o visita es el mejor antídoto contra la depresión cuando tú tomas la iniciativa de hacerlo.

En este último tiempo, creí conocer a muchos amigos y, lamentablemente, me di cuenta que algunos creen que sacar ventaja para un interés propio también puede llamarse amistad o compañerismo. Sin embargo, no importa, yo estoy bien, mi vida sigue y lo más importante sé que, de las pocas amistades que tengo ( algunas hace mucho que no veo), las más valiosas no tienen nada que demostrar porque siempre están en mí.

 

 

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No desearás la mujer/hombre de tu prójimo

“Por qué será que los amores prohibidos son más intensos que los permitidos”

¿Por qué será? ¿Por qué será? así continúa una vieja canción venezolana, que nos deja el cuestionamiento de por qué lo prohibido se vuelve tentador.

Desde pequeños cuando nos dicen NO, lo primero que hacemos es dar la contra y qué decir en la “edad del burro” (adolescencia) cuando no existen más razones que las nuestras. Es indudable que por instinto el ser humano es mal llevado; no en vano dicen que es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y en cuestiones de amor aún más; los sentimientos (no sé si buenos, malos u obsesivos) llegan a nublar el pensamiento y nos hacen creer que el involucrarnos en una relación como “plato de segunda mesa” vale la pena en nombre del amor o, por otro lado, que el insistir con alguien que ya tiene una relación será satisfactorio cuando la otra persona llegue a sentir lo mismo.

Hace algún tiempo en una de mis redes sociales virtuales cambié mi estado civil por el de “en una relación”, a diferencia de cuando anteriormente volví a “soltera”, aparecían comentarios directos o sutiles de amigos que no sabía de su existencia desde hace mucho tiempo y, lo más sorprendente, hasta los ex comentaban.  Y esto no pasa sólo en el mundo virtual, si estás con alguien es inevitable mencionarlo en las conversaciones con amigos, como un comentario o con el fin de aclarar que ya estás en el “club de los serios”, pero a veces puede producir el efecto contrario.

Según expertos en relaciones, las personas con pareja se muestran más tranquilas y seguras de sí mismas, por lo cual tienen alto porcentaje para atraer a personas del sexo opuesto. De igual forma, los profesionales mencionan que el saber que una persona tiene una relación tienta a otros para un acercamiento amoroso, si no se busca algo serio; lo sorprendente en esta afirmación, es que muchas personas acceden y un bajo porcentaje de ellas dejan a sus parejas formales por su aventura.

No es simplemente por respaldarme en la religión que he recordado el noveno mandamiento: “No desearás a la mujer/hombre (porque en la actualidad mujeres y hombres tienen los mismos pecados derechos) de tu prójimo”; más bien, la frase va por el lado de las simples normas de convivencia, las cuales nos sirven para que las personas respetemos y hagamos respetar nuestra identidad y lo que nos rodea (incluyendo nuestras parejas) o, mejor aún, por la sinceridad con uno mismo.

Hace tiempo leí un post que iniciaba con estas palabras: “En este momento tu pareja podría estar con otro/a”, si no estuviera segura del respeto, confianza, amor y de la reciprocidad de quien quiero, ese mismo instante hubiera ido a comprobar (en avión) que algún prójimo lo estaba más que deseando. No puedo negar que, aunque tengamos pareja o salgamos con alguien, habrán personas que llamen nuestra atención o a las que les seamos agradables. Eso es normal. Lo preocupante sería que esas personas provoquen dudas o confusiones acerca de nuestros sentimientos y, peor aún, que eso nos lleve a la traición… a la auto traición principalmente. Por qué será y es la verdad que uno toca el cielo mientras está pecando, pero yo prefiero quedarme toda las noches bajo la vía láctea con alguien que vuelvo a encontrar y que por suerte no es del prójimo.