De amor y de casualidad

Hoy hace tres semanas descubrí que venías en camino. La verdad te esperaba, no sabes cuánto te esperaba, pero no creí que ese anhelo llegaría tan pronto. Me cogiste un poco desprevenida y asustada. Así es el milagro de la vida.

Cuando recibí “la carta” de tu llegada estaba escéptica y cuando vi la respuesta positiva, algo se estremeció en mí. Lloré de emoción, temor y nostalgia, tenía una confusión de sentimientos, pero al final siempre me hiciste muy feliz.

No sabía como decirle a tu papá de tu llegada, siempre se me ocurría algo y ese día no tenía alguna idea. Tan solo pude mostrarle tu carta, la leyó y no lo podía creer. De un minuto a otro, nos cambiaste la vida para bien.

Todavía no nos acostumbramos a la idea de que estás aquí junto a nosotros, aunque no te veamos. Tenemos muchas dudas y muchos asuntos por resolver, pero tú día a día nos impulsas a salir adelante.

No importa si nosotros te llamamos, si tu viniste porque tenías que venir, lo único certero es que eres la mezcla perfecta de AMOR Y CASUALIDAD.

El final de tu historia

Los mensajes de ayuda para encontrar a Karina del Pozo, desaparecida en Quito, mantuvieron mi atención de sobremanera. Desde el inicio, me inquietó mucho la forma en que se habrían dado los hechos de su desaparición: Una chica, supuestamente sola, en la madrugada… Era inconcebible pensar que saldría sin algún más. Día tras día, familiares, amigos y desconocidos preocupados se sumaron a esta campaña para encontrar a Karina; pero, no se tenía ningún resultado, hasta el miércoles 27 de febrero.

Caminaba en la noche justamente hacia una fiesta, cuando me llegó un mensaje cadena con la lamentable noticia de que Karina había aparecido muerta. Un frío helado me recorrió el cuerpo, quizás me apersoné en este caso o, con mayor certeza, recordé muchas ocasiones en las que yo me expuse a varios peligros como el de aquella chica. Al día siguiente, con toda la información circulando por la red, me enteré que la víctima habría sido asesinada por sus propios amigos tras haber salido de una fiesta. La indignación se apoderó de mí y no podía entenderme cómo la sociedad se denigra constantemente, al punto de hacer daño a la persona a quien llamamos nuestro amigo.

Al escribir sobre este espeluznante caso, no puedo sacar de mi cabeza las recomendaciones de mi madre cada vez que salía y que, en su momento, fueron restadas importancia. Claro, quién las necesita si en la adolescencia y juventud somos los dueños del mundo; a nosotros no nos pasará nada malo, igual, nuestros padres son unos exagerados. Cuando sentía que mi madre estaba invadiendo mi espacio al llamarme y preguntar dónde estaba o a qué hora regresaría, lo más fácil era apagar el teléfono. No puedo imaginar la angustia de mi madre pensando que algo malo pudo haberme ocurrido. Varias ocasiones tomé taxis sola y a la madrugada; tenía ciertas precauciones, pero que, al final, no son garantías de seguridad. Algunas veces asistía a fiestas del amigo del primo del otro amigo del conocido, sin saber a ciencia cierta qué clase de personas serían.

Nuestros padres tienen razón en preocuparse y desde pequeños nos han enseñado cómo enfrentarnos al mundo para que de adultos seamos nosotros mismos los dueños de nuestros impulsos. La inseguridad de la ciudad es terrible, en el día o en la noche, en el norte como en el sur; pero el evitar una desgracia, puede estar en nuestras manos. A veces nos exponemos a riesgos absurdos, tan solo por caprichos o momentos efímeros.

Seguramente Karina pensó en divertirse una noche más, pasar un buen rato con sus “amigos”, vivir al máximo su vida; total, lo bailado nadie se lo quitaba… perdón, alguien sí: La muerte.

Descansa en paz, Karina, que tu fatal desenlace sea un mensaje de reflexión para quienes vivimos el final de tu historia.

Me fui a volver

Unas etapas terminan y otras empiezan; hay despedidas y bienvenidas, ese es el ciclo de la vida y hay que arriesgarse a vivir. Hoy empiezo un nuevo rumbo en otro país, con nueva gente y con un objetivo claro; no sé lo que me depare el destino, pero como me dijo mi mejor amiga: Se hace camino al andar. Y por ese mismo trayecto me iré a volver sonriente, emprendedora y con ganas de luchar pese a las adversidades.

No diré más porque las palabras para la felicidad sobran. Sólo sepan todos que estoy y estaré de regreso.

Compañías silentes

Nos encontramos en una de esas plazas de paso, aquellas en las que tienes que permanecer por cansancio y no por el deseo de ver pasar la gente, los buses, el tiempo. En realidad, son esas en las que no tienes nada que admirar ni esperar. Pero ahí nos sentamos; yo llevaba mi cartera  y las carpetas del oficio, mi mano acomodaba mi cabello alborotado y la otra se arrimó en el filo de una jardinera. Ella llevaba un bolso, seguro con compras o papeles de sus trámites y, al igual que yo, lucía fatigada por tanto caminar.

Miraba intrigada un espectáculo que se desarrollaba en el lugar, me regresaba a ver y escondía su mirada. Manejaba puerilmente el intento de entablar una conversación; mientras yo la observaba esporádicamente y me sumergía en mis actividades laborales en medio de mi forzado descanso. “¿Qué están haciendo ahí?”, preguntó, como quien lanza palabras al viento con la esperanza de que alguien las oiga y se digne en contestar. Sin menor duda, sabía que yo tendría que responder y, con suposiciones de vista, le di una respuesta.

El silenció volvió a rodearnos. No alargué la conversación porque no consideraba que era el momento y el lugar apropiado. El sol precedente de media mañana me sofocaba y la plaza empezaba a llenarse de indigentes, que observaban como aves de rapiña a los incautos visitantes. Ella sostuvo su bolsa en mi dirección como aliándose conmigo por si los vagabundos venían a molestar y no decía nada. Imagino que yo también, inconscientemente, giré mi cartera en su dirección, aceptando su propuesta silente de apoyo, hasta que mi cuerpo decidiese retomar el ritmo del día y continuar.

Pasaron los minutos y ella miraba su reloj inquietamente, una y otra vez, como que desconfiaba de lo que veía. Quizás esa no era la hora que quería, era muy temprano o ya se atrasó. No podía saberlo, solo tenía la impresión de que ella no quería concordar con su tiempo. “¿Qué hora es?”, me preguntó. “Casi las diez”, le respondí. Puso una cara de sorpresa: “¡Ay! Ya ha sido tarde”. La vi levantarse y tomar su bolso con diligencia. “Hasta luego, un gusto” me dijo.

¿Un gusto coincidir en el mismo sitio? Hasta suponer la respuesta, yo también me levanté de la jardinera de la plaza de paso. Aunque había más gente junto con los vagabundos, no quería quedarme sola. ¿Sola? Ahora entendía, el gusto se refería con hacernos compañía, sin cruzar muchas palabras, pero compañía.

 

No importa, sonríe

Me he vuelto a reír incontrolablemente en una sala de cine; no porque la película haya sido demasiado chistosa ni porque mi acompañante tenga una de las personalidades más graciosas que he conocido. La razón es: Hoy me río de las cosas más simples de la vida.

Quiero reírme por levantarme tarde e imaginar que en algún lugar de mi trayecto tendré que acelerar mi paso e, incluso, correr. Quiero reírme por un error involuntario, que quizás con un mejor ánimo pueda corregir. Quiero disfrutar de los imprevistos de la vida, que tal vez no los entienda ahora, pero me llevan al lugar al que debo llegar.

Me he vuelto a reír incontrolablemente por las travesuras que hacía de niña, por las rebeldías de la adolescencia, por las ocurrencias de mi juventud y por los anhelos que se plasman en mi futuro. Quiero sonreír, reír y creerme que es felicidad cada segundo, sea bueno o malo, que conforma mi inexistencia, porque ya lo decía Thomas Chalmer:

La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.

 

Crónica de una vida hecha para mí

Entre uno de los géneros periodísticos que más me han gustado, casi a la par que la entrevista, se encuentra la crónica. Esa narración de hechos cronológicos, que pese a la estructuración temporal, nos da la oportunidad de recrear, de forma más apegada a la visión del escritor, una historia, un hecho, una anécdota…

Recuerdo que en la universidad, mi profesora de redacción periodística, Lucía Lemos, insistía en que describamos lo que nos rodeaba, que observemos más allá de lo evidente y que tengamos criterio al momento de escribirlo. Hoy me pregunto ¿cómo podría ser contada nuestra vida desde una crónica?

El orden cronológico, queramos o no, ya lo tenemos; quizás sólo nos hace falta fijarnos en esos pequeños detalles que necesitan un poco de descripción en nuestra cotidianidad, para darnos cuenta que no san tan insignificantes como pensábamos. Tal vez sería indispensable desempolvar los recuerdos, para revivir lo que creíamos olvidado pero, de una u otra forma, influyó en nuestro presente. Y de seguro necesitamos mucha originalidad e imaginación, para transformar las miles historias de nuestra vida y el mundo, en verdaderos tesoros literarios, que no se compararán a los de García Márquez, pero que tengan encanto propio, lleguen a los lectores y permanezcan en la eternidad.

No sé si mi vida y el mundo que me rodea puedan escribirse de forma narrativa, descriptiva o literaria. Hoy sé que puedo contar las historias que son parte de mí, pero no se quieren quedar solo conmigo. Hoy retomo mis ideales, doy un retoque a mi espíritu literato, tomo mi pluma para acordarme que es uno de los símbolos de mi profesión y no me siento a escribir… Me lanzó al mundo para descubrirlo y empezar a vivir las crónicas de una vida que, a ciencia cierta, fue hecha para mí.

adiliaaires.blogspot.com

adiliaaires.blogspot.com

Empacando recuerdos

Me mudaré de la casa donde he vivido durante casi 24 años, pero al guardar las cosas materiales, estoy empacando los recuerdos de una niña que botaba las revistas de los estantes y que hacía de su pequeño cuarto un escenario para millones de juegos; las aventuras de una adolescente a quien el mismo cuarto le parecía una prisión; las vivencias de una mujer que aprendió a reír , llorar, discutir, soñar… vivir bajo ese techo.

¿A qué jardin iré a esconderme cuando tenga miedo y necesite escuchar esa voz interna que me dice que soy fuerte? ¿Qué ciudad iluminada veré en las noches por mi ventana, cuando quiera entender que hay un mundo más allá del mío? ¿Cómo dejar de llamar hogar a ese lugar donde no necesité nada más que cariño para ser feliz?

Quizás mis preguntas no tengan respuesta, pero es inevitable: Me voy y emprendo una de las tantas partidas que me esperan. Tengo las maletas listas y en mi garganta está latente ese nudo que me corta la respiración y ese sinsabor que dejan las despedidas. No es fácil dejar toda una vida de un momento a otro, quizás nunca me vaya del todo de aquí ni de ningún lugar, porque sé que algo llevo en mí y algo de mí se queda.

Me pueden faltar maletas para todas las manifestaciones físicas de mi niñez, adolescencia y juventud; pero, por suerte, cada una de las vivencias y sentimientos caben en los espacios de mi corazón… ¡Let´s go!

Al mal tiempo, reluciente otra vez

Es verdad que hay gente tranquila, comprensiva, tolerante, no problemática; pero en días grises cuando el mundo parece estar en nuestra contra y la gente se empeña por demostrarlo, ningún tipo de buen genio es suficiente.

Hay tres cosas que no soporto en las personas: La hipocresía, la ignorancia por falta de interés y la superficialidad. La primera porque se relaciona directamente con la mentira; si algo no nos gusta, lo decimos o, por lo menos, evitamos mencionarlo, pero nunca decir que nos parece bien cuando no lo es. La segunda porque quien quiere aprender o conocer, investiga;  nadie viene al mundo sabiendo y conociendo todo, pero la vida se vuelve agradable cuando a diario descubrimos nuevas cosas; simplemente citaré la palabra de un compañero cuando le preguntan sobre algún tema: ¡Googlea! Y la tercera porque para construir un lugar armónico, crítico y desarrollado, está de más preocuparse únicamente de los bienes materiales o hablar de cómo luce tal persona.

No digo que yo nunca haya caído en alguno de esos tres defectos, incluso tengo otros más, pero trato de rectificarlos o evadirlos cuando puedo. Sin embargo, hoy a muchos se les dio por no manejar sus defectos correctamente  y colmaron mi paciencia.

Pero no quiero quejarme ¿para qué? si algunos no cambiarán sus actitudes. Tampoco quiero ponerme de mal humor ¿para qué? si para algunos la cara de amargura es habitual. Lo único que quiero es cambiar el mundo… sí, MI MUNDO: El único en el que yo decido si estoy feliz o triste.

ser-positiva.blogspot.com

 

Y cuando salga reluciente a enfrentarme con lo que hay más allá de mi mundo, prometo regresar con más resplandor que cuando me fui

Pasado, pisado y contado

Así no me cuentes o me cuentes mil veces tu pasado, no se podrá cambiar, así como tampoco, el mío. Nuestras vidas son como un libro: Antes de empezar a leer el primer capítulo, hay que recordar que tenemos un prólogo, que muchas veces nos puede facilitar la lectura del texto completo.

Pero para ello debemos de dejar de lado nuestra condición (mala condición) de jueces que pretendemos juzgarlo todo, cuando ya no tiene sentido hacerlo. Si algo hay que destacar del pasado, prefiero que sean las cosas buenas que cada una de las vivencias han dejado en ti y ahora soy yo quien puede disfrutarlas.

No sé si tu pasado o el mío están latentes o si algún rato volverán, obviamente como otra versión que el destino quiere citar, pero la verdad no me importa. El pasado solo influirá en la medida en que nosotros dejemos que lo haga.

Un día quiero sentarme a tu lado sin mencionar ninguna palabra, tal vez tenga esa sensación de que quieres contar algo, pero no diré nada.  Me mantendré silente esperando a que quieras contarme tu pasado, dibujaré una sonrisa cuando quieras escribir conmigo tu presente y pisaré a paso firme para eternizar nuestro futuro.

Dios: ¡Toma tu ladrillazo!

Un día que sentí que había perdido el horizonte de ciertos puntos de mi vida y cuando algunas personas me parecían más decepcionantes de lo normal; me senté en el filo de la cama a escuchar música. Entre tantas canciones de la biblioteca musical, uno nunca se entera que tiene la canción más triste del mundo, la más bailable o la que te puede tocar el alma.

En medio de una melodía, que seguramente alguna vez escuché pero no presté atención, encontré una historia que me aludía y no pude ignorarla:

Un joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad sin ningúna precaución por una colonia en la parte vieja de su ciudad en su nuevo auto deportivo, un flamante Porsche.

De repente, sintió un estruendoso golpe en la puerta, se detuvo y, al bajarse, vio que un ladrillo le había estropeado la pintura, carrocería y vidrio de la puerta de su lujoso auto.

Se subió nuevamente, pero esta vez lleno de enojo, dio un brusco giro de 180 grados, y regresó a toda velocidad al lugar donde vio salir el ladrillo que acababa de desgraciar su exótico auto.

Salió del auto de un brinco, y agarro por los brazos a un chiquillo, y empujándolo hacia su auto le gritó, “¿Qué rayos fue eso?  ¿Quién eres tu?  ¿Qué crees que haces con mi auto?”.

Enfurecido, casi hechando humo por la nariz y las orejas, continúo gritándole al chiquillo, “Es un auto nuevo, y ese ladrillo que lanzaste va a costarte muy caro.  ¿Por qué hiciste eso?” “Lo siento mucho señor.  No sé qué hacer”, suplico el chiquillo.  “Le lance el ladrillo porque nadie se detenía”.  Las lágrimas bajaban por sus mejillas hasta el suelo, mientras señalaba cerca de donde estaba el auto estacionado.

“Es mi hermano”, le dijo.  “Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo y no puedo levantarlo”.  Sollozando, el chiquillo le preguntó al ejecutivo, “Puede usted, por favor, ayudarme a sentarlo en su silla?  Está golpeado y pesa mucho para mi sólito.  Soy muy pequeño”.

Visiblemente impactado por las palabras del chiquillo, el ejecutivo se tragó el grueso nudo que se le formó en su garganta.

Indescriptiblemente emocionado por lo que acababa de pasarle, levantó al joven del suelo, lo sentó nuevamente en su silla y sacó su pañuelo de seda para limpiar un poco las cortaduras del hermano de aquel chiquillo tan especial.

Luego de verificar que se encontraba bien, miró al chiquillo, y este le dio las gracias con una gran sonrisa indescriptible.  “Dios lo bendiga señor, y muchas gracias”, le dijo.  El hombre vio como se alejaba el chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano, hasta llegar a su humilde casita.

El ejecutivo no reparo la puerta del auto, manteniendo la hendidura que le hizo el ladrillazo, para recordarle que no debe ir por la vida tan distraído y tan deprisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo para que preste atención.

Antes de que termine la historia-canción, algo en mi ya había cambiado y mucho más al oír la reflexión: Dios normalmente nos susurra en el alma y en el corazón, pero hay veces que tiene que lanzarnos un ladrillo a ver si le prestamos atención.

¿Escucharás el susurro o el ladrillazo? A mí ya me tocó el ladrillazo, pero para la próxima espero un susurro o, por lo menos, uno no tan doloroso.