Tupananchiskama Cusco

Recuerdo la primera vez que nos vimos. Tu inconfundible arquitectura ocre resplandecía con el sol, dándome la bienvenida a una de las etapas más lindas de mi vida.

Sin duda, desde el primer momento me pareciste mágica. Cómo podías ser tan histórica  y cosmopolita a la vez, tan cálida y fría, tan cercana y desconocida.

En tus calles recordé la importancia de apreciar los detalles, de cuidar nuestro entorno y de valorar el tiempo, ese que no debe catalogarse como “hora peruana” y que vale bien la pena ser invertido para detenerse y saludar a los conocidos. 

Por tu acogida pude ampliar mi familia, conocer buenos y admirables amigos ye enseñaste a amar más mi profesión.

En nuestra convivencia, me presentaste muchos retos que antes no me hubiera sentido capaz de asumir, me diste alegrías y tristezas y.te convertiste en ese otro hogar al cual siempre quieres volver.

Esta mañana, el sol apareció por tus hermosas montañas, no para despedirse o dar por cerrado nuestro capítulo. Alegremente me dijiste: Tupananchiskama y te respondí lo más cercano que pude: Hasta volvernos a encontrar, hermoso Cusco.

Los millenials sí queremos hijos 

​Desde hace tiempo, varias publicaciones online, nos han puesto a todos los millenials en el mismo saco de la anti paternidad, señalando que esta generación no quiere (o no está preparada) para tener hijos. Pero qué ocurre con los que desafiamos este nuevo estereotipo?

Urban Institute realizó un estudio de las tasas de natalidad en países desarrollados, el cual demuestra que entre 2007 y 2012, dichas tasas entre mujeres de 20 a e0 años se han reducido en al menos 15%.

Según las publicaciones, entre las razones por que las mujeres millenials (en muchas sólo se habla las potenciales madres) no quieren tener hijos, están el desarrollo profesional, la superpoblación y otras relativas como la falta de preparación para criar a un hijo, los gustos por mascotas, los deseos de viajar, etc. 

No obstante, los millenials crecimos precisamente en una era de grandes cambios, la cual nos exige enfrentar tareas simultáneas, en este caso vida profesional y personal. Desde siempre las mujeres han asumido este rol y ahora con la participación activa de varios padres, la tarea de cuidar a un hijo es compartida y en algo mejor sopesada.

Somos la generación con mayor acceso a la información, razón por la cual el desconocimiento sobre crianza ya no es una excusa válida.

Estamos más conscientes del daño ambiental y, pese a los terribles pronosticos, creo que somos muchos los que nos esforzamos por no contaminar y como no somos eternos, podemos dejar el legado a alguien más. 

Los millenials no somos egoístas para traer hijos al mundo por obligación. Ahora lo hacemos por elección y la decisión de tenerlos o de no hacerlo es igual de válida, siempre y cuando no sea juzgada como se pretende con algunos tipos de publicaciones.

En mi caso, aún tengo muchos sueños por cumplir y, al contrario de quienes piensan que por tener un hijo esos anhelos se quedaron frustrados, les digo que ahora hay una personita más que me alienta y será feliz por poderlos alcanzar. 

A quien está por venir 

Cuando seas grande quiero que sepas que antes de estar en mi vientre, estabas en mis deseos, pensamientos e ilusiones. Eres el regalo que supo cuándo debía llegar a mí 

Quiero que entiendas que tu presencia inicial me causó temores e incertidumbres que tú, desde mi interior, fuiste apaciguando con amor y ternura.

Quiero decirte: Te amo cada uno de nuestros días no como algo que debo sentir, sino como un sentimiento que va creciendo con nuestra convivencia y para que el día que ya no estemos cerca físicamente, esas palabras siempre resuenen en ti.

Cuando te tome en brazos por primera vez quiero sentir el éxtasis de un nuevo sentimiento y quiero hacerlo cada vez que te abrace, sin importar que tengas 10, 20 o 50 años. 

Quiero pedirte que ahora que nuestros caminos se han cruzado, seamos amigos de esos que se rien, se enojan y se vuelven a reir; quiero que seamos compañeros para luchar contra la soledad y que ante todo seamos madre e hijo, que en cuestiones de lazos de amor nadie nos pueda ganar. 

Soy mujer, soy periodista ¿y qué?

Decir que las mujeres periodistas tenemos ciertas ventajas para ejercer la profesión, tan solo por nuestro género, es también una forma de discriminación. La búsqueda de la verdad debería ser un valor inherente a quien aspira llevar información a la ciudadanía. Así como hay hombres y mujeres dignos de realizar una labor transparente, veraz y llena de dedicación; están también los del otro lado, para quienes lo más importante es qué beneficio reciben por hacerlo.

En los últimos años, las mujeres han cobrado protagonismo en el mundo profesional y, en el caso del periodismo, la situación no ha sido diferente. Recuerdo haber trabajado en medios de comunicación en donde la labor era hombro a hombro; claro, cuando había coberturas de temas de riesgo o peligro, los indicados para ir eran los hombres, con lo cual también algunas periodistas hemos sido dejadas de lado.

Ahora, en una nueva etapa profesional me he topado con una realidad, anteriormente, muy lejana para mí, pero quizás muy frecuente para miles de mujeres: la envidia entre compañeras.

Hace un par de días, entrevisté a una colega, previo al día del periodista peruano este 1 de octubre, la cual indicó que las mujeres tenemos mucho potencial, al ejercer un periodismo versátil que se adapta al ritmo de vida actual de las jóvenes, madres o solteras.

No del todo concuerdo en lo de algunas ventajas sobre los hombres,  como ya lo dije al inicio de este texto, pero sí convengo en que poseemos virtudes especiales, que en algunos casos por nuestro género son más fáciles de potenciar como la intuición o empatía y con las cuales podemos ofrecer otros ángulos en el tratamiento de información.

Sin embargo, la colega refirió que hay que vencer la envidia en la profesión. “Las mujeres somos las peores enemigas de nosotras mismas”, me dijo y yo lo sabía perfectamente, las veces en que me juzgaron, hostigaron y hasta quisieron poner en duda mis capacidades.

Para ser sincera, atravesar esa situación es complicado puesto que te desmoraliza, deprime e, incluso, te pone a pensar si estás haciendo lo correcto; seguramente ese es el objetivo de las personas que actúan con mala intención. Pero hay muchas formas de enfrentarlo, como reconocer lo que uno es y vale, demostrar el potencial con el trabajo, ignorar lo que no nos aporta y, principalmente, rebatir esa actitud con una sonrisa.

Las mujeres periodistas marcamos diferencia como símbolo de trabajo, esfuerzo y tenacidad. Esas son virtudes que no necesitan reconocimiento, pero sí respeto de todos.

Chiquitita por siempre

Hace algunos días, la tristeza y melancolía volvieron a tocar mi puerta (como siempre muy inoportunas) y, como era evidente, me desestabilizaron y desorientaron un poco. También como es cierto, un problema siempre (o por lo general) llega acompañado de otro y así por un tiempo, hasta que todo se soluciona o lo ignoras; entonces pasan y quedan en el olvido. Pero, bueno, yo estoy todavía recibiendo una que otra inquietud y admito que ya no me afectan mucho.

Sin embargo, hace poco recordé muchas cosas que me enseñó mi madre y, aunque  algunas no me las decía directamente, ella procuraba que cada día aprendiera una lección de vida.

Entre ellas, con su mismo ejemplo de salir sola adelante, me enseñó a ser fuerte y valiente ante toda adversidad. Me demostró que hay problemas grandes, pero ninguno más que mi voluntad de superarlos. Me decía que es bueno estar sola, repensar las acciones, mirar los errores que hemos cometido, mas no quedarse estancada en lo negativo.

Desde pequeña me guió por un sendero de optimismo, trabajo y lealtad. Recuerdo que me recomendaba que buscara la solución desde una óptica de inocencia y transparencia, tal como lo haría un niño, que se pelea con alguien y luego se hace de a buenas, que se va y luego regresa, que llora pero vuelve a sonreír.

Quizás, mi madre me dio enseñanzas fáciles de entender para una niña, pero que ahora tienen mucha utilidad y sentido. Es por eso que cuando lo malo sucede me vuelvo a sentir como esa “chiquitita” de mamá, que esperaba que ella viniera con sus palabras a arreglarlo todo. Ahora, al estar lejos, no la veo y me siento triste; pero me levanto, porque sé que así me enseñó ella y esa es la mejor forma en la que siempre la puedo tener presente.

 

Siempre estarás aquí

Ha pasado más de un mes desde que te fuiste y aún no quería escribirte… Ya sabes, las despedidas siempre son difíciles; más aún cuando mi corazón empezó a envolverte en  dulces sentimientos y mi anhelo deseaba que ya estuvieras aquí… Ya ves, no siempre pasa lo que uno quiere.

Tu partida fue uno de los golpes más duros de mi vida; así como tu llegada me cogió desprevenida, mucho más fue cuando ya no estabas en mí. No sabía qué hacer ni qué decir; sin embargo, admito que fue un sufrimiento paulatino, que cuando llego el momento de la verdad, solo me quede apática, para no sentir más dolor, más sufrimiento y tratar de entender que si pasó, era porque debía ser así.

Aunque ya no estés, cada día me das fuerza y me recuerdas lo que soy capaz de sentir y dar. Tu presencia no fue en vano; tuvo la finalidad de revivir en mí, ese hermoso milagro de la vida.

Nunca te podré decir adiós, pero por lo menos hoy al evocarte ya no hay tristeza, tan solo alegría, mi pequeño angelito.

 

De amor y de casualidad

Hoy hace tres semanas descubrí que venías en camino. La verdad te esperaba, no sabes cuánto te esperaba, pero no creí que ese anhelo llegaría tan pronto. Me cogiste un poco desprevenida y asustada. Así es el milagro de la vida.

Cuando recibí “la carta” de tu llegada estaba escéptica y cuando vi la respuesta positiva, algo se estremeció en mí. Lloré de emoción, temor y nostalgia, tenía una confusión de sentimientos, pero al final siempre me hiciste muy feliz.

No sabía como decirle a tu papá de tu llegada, siempre se me ocurría algo y ese día no tenía alguna idea. Tan solo pude mostrarle tu carta, la leyó y no lo podía creer. De un minuto a otro, nos cambiaste la vida para bien.

Todavía no nos acostumbramos a la idea de que estás aquí junto a nosotros, aunque no te veamos. Tenemos muchas dudas y muchos asuntos por resolver, pero tú día a día nos impulsas a salir adelante.

No importa si nosotros te llamamos, si tu viniste porque tenías que venir, lo único certero es que eres la mezcla perfecta de AMOR Y CASUALIDAD.

Cuando tienes que re-encontrarte

Desde hace poco mi cotidianidad se ha llenado de muchas pérdidas: desde mis aretes favoritos hasta mi gatito que me hacía sonreír; incluso, me he perdido yo misma y aún no sé en qué momento me dejé ir.

Ahora solo intento reencontrarme, pero no tengo idea por dónde empezar. Quizás puedo hallarme en la niña consentida a quien todos tenían que complacer, que de vez en cuando se hundía en sus caprichos, pero con amor verdadero podía resurgir. O quizás en la adolescente algo desorientada, que en medio de rebeldías buscaba su propia identidad. Mejor aún, puedo buscarme en medio de los retos que la vida nos pone en el camino, cuando nos damos cuenta de que en los momentos más difíciles, nuestra fortaleza crece y nos toca llegar hasta el fondo para tomar impulso y resurgir.

Puedo tomar parte de cada una de esas fases de mi vida para armarlas y saber lo que han hecho de mí. Pero sé que no puedo hacerlo sola; hay muchas personas que cada día me recuerdan por qué y para quién estoy aquí. Con sus palabras o tan solo con un gesto, hacen que todo vuelva a tener sentido. ¡Cómo rendirme! si la vida me da muchos motivos para seguir.

Sus manos se estiran hacia mí para devolverme al camino. Está bien, pero aún no debo, no quiero salir. Estoy buscándome todavía y al final se que me re-encontraré a alguien mucho mejor de lo que creí.

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Salirme con la tuya

A veces no es tan fácil salirme con la mía, bueno en realidad sí lo es, pero no es lo más conveniente. Cuando uno quiere hacer algo sin importar lo que opinan los demás, terminamos alejando a quienes se preocupan por nosotros y nos envolvemos solo en nuestras necesidades. En conclusión, es egoísmo.

Lo peor de todo de salirme con la mía es ese sentimiento de satisfacción efímero, que nos llena de emoción y orgullo por minutos, pero lentamente se va convirtiendo en una presión en el pecho… en eso que todos llaman remordimiento, Y más allá de eso está el darte cuenta que no todo siempre va a ir acorde a nuestros caprichos. La vida está  compuesta por millones de deseos más que los míos.

Tampoco sé que voy a dejar de lado mis anhelos y sueños porque valen mucho la pena. Sin embargo, ahora no soy yo ni eres tú… Somos los dos caminando hacia NUESTRO futuro.

No me salí con la mía, pero fue bueno salirme con la tuya… porque nada me encanta más que verte reír.

Llegar al cuarto de siglo

Si los avances tecnológicos estiman que los seres humanos podemos llegar a vivir hasta en promedio 100 años, entonces voy bien por este cuarto de siglo. Esta semana cumplí 25 años, con la añoranza de los años viejos, pero con la enorme ilusión de la nueva etapa que estoy viviendo y de lo mejor que está por venir.

Para este año, descubrí que la calificación de “mejor cumpleaños” no se logra con gran cantidad de regalos, con cuánto más puedes beber o con quienes te escriben en Facebook. Se alcanza con la felicidad de contar con quienes en verdad te quieren: con ese ser que decidió compartir su vida contigo; con quien te dio la vida y, pese a la distancia, te trata como si nunca se hubieran alejado; con quien acabas de conocer pero con escucharte y acompañarte se ha ganado tu cariño y no podía faltar ese que dejó a su “levante” para venir y decirte estoy aquí.

El mejor cumpleaños es aquel que estando lejos de casa, tu nueva familia te hace sentir que tienes otro hogar donde también puedes acudir.

Cumplir estos 25 años no hubiera sido lo mismo sin todas esas personas que ayudaron a construir caminos. Algunas ya quedaron atrás, otras hacen el intento y las que son, siempre están ahí.

Gracias por cada palabra, cada sonrisa y cada velita que no conforma mi edad, sino cada una de mis vivencias multiplicadas por mil.